La enfermedad de un hijo- instancia de crecimiento

La mayoría de las madres, y actualmente, un número cada vez mayor de padres, recuerdan el nacimiento de sus hijos como una de las experiencias más importantes de sus vidas.

Cada experiencia tiene su historia, deseada, buscada, sorpresiva, anhelada o no tanto, pero todas tienen algo en común, es vivida con los mejores augurios.
Los adelantos tecnológicos ayudan a manejar con mayor eficacia la ansiedad que esta nueva vida genera, hasta adelantamos el despistaje de probables patologías, a través de las técnicas de obtención de imágenes, llegando a conocer tempranamente, de forma muy definida su rostro y por supuesto su sexo.
La vida en sí, y la de nuestros hijos en particular, es una amorosa maestra y estamos en ella para aprender quienes somos; la enfermedad de un hijo como camino nos devuelve a nuestra propia naturaleza.
Se trata de un lugar muy difícil para comenzar pero puede ser, depende de cada uno, una posición muy poderosa ya que hay una razón muy apremiante para aprender, lo que sea para cambiar, palear, mejorar o sobrellevar el curso de la enfermedad.
Esta noticia, nunca esperada y siempre desafortunada, puede darse en innumerables situaciones; todas igualmente dolorosas, desde las dificultades de un bebé prematuro, hasta los diagnósticos más dramáticos, sin importar la edad del hijo, desestructuran a estos padres, haciéndoles perder el rumbo de sus vidas, previo a emprender el camino del aprendizaje.
Este periodo conceptualmente en psicología, constituye un proceso llamado "duelo". Debemos aclarar que el duelo no es solo una vivencia que se corresponde con la muerte, de hecho Sigmund Freud, en "Melancolía y duelo", nos dice que en la elaboración de este trance el trabajo es aceptar una nueva realidad.
Esto sería, mi hijo sano, incluso inmortal, o sea, idealizado, va a dar paso a una realidad, donde es mortal y por lo tanto susceptible a la enfermedad.
La médica psiquiatra E. Kübler Ross, experta en duelos, nos habla de 5 etapas que surgen de la observación y no siempre son todas constatables en estos procesos; las tres primeras son: negación, ira y negociación.
A medida que el tiempo transcurre surge la conciencia de lo ya perdido, la obviedad del diagnóstico es innegable y esto conduce a la cuarta etapa: depresión, miedos, angustias y proyecciones catastróficas ganan en este momento.
Con los tiempos inherentes a cada quien y con mucha fatiga emocional, abordaríamos la quinta etapa: aceptación, los padres han superado la ansiedad, la ira, ya no están instalados en la depresión, o sea, están parados en el principio de realidad.
Es muy importante que los padres mantengan un vínculo sano, basado en el diálogo, como para dar contención al hijo enfermo y a los hermanos, en caso de que existan. No demos por sentado que esta situación va a fortalecer necesariamente a la pareja, es más, hay que estar muy atentos a que los conflictos latentes no estallen en esta eventualidad.
Hombres y mujeres tenemos formas distintas de encarar los duelos; no manejamos los mismos tiempos y ni que hablar de las emociones, estas diferencias deben usarse a favor, distribuyendo las tareas de acuerdo a las fortalezas de cada uno, desde hablar con los médicos, hasta el acompañamiento en los exámenes clínicos, respetando siempre la voluntad del hijo enfermo.
Los padres en situación "hijo enfermo" tienden a aislarse, esto es un grave error, de hecho es fundamental generar un sistema de soportes externos, con los afectos con los cuales se tenga mayor afinidad: abuelos, amigos, etc. Algo que alivia el alma es la experiencia, con padres que estén pasando por la misma situación o que eventualmente ya la hayan atravesado.
Así como recomiendo valernos de soportes externos amorosos, hay que generarlos también en el ámbito de la salud, estableciendo vínculos de confianza que den certeza a nuestro accionar.
Y por supuesto, en caso de profesarlos, valerse de credos o filosofías que aporten a una actitud esperanzadora, optimista, positiva, pero siempre realista.
Gracias a Dios, en la mayoría de los casos hay una resolución feliz y es este el momento de rescatar como principal aprendizaje la capacidad de relativizar, ya que todo, es menos importante que la salud de un hijo.


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